4.9.08

Ir a Camboya y perderse

«Di conciertos para los políticos, pero viví con la gente del campo», dice el violinista Ara Malikian

La vida de Ara Malikian está marcada por los viajes aunque, como él mismo reconoce, casi ninguno ha sido por turismo. El primero, cuando apenas era un chaval, le llevó desde Líbano, su hogar, hasta Alemania, donde llegó con una beca del Gobierno para estudiar violín en Hannover. Desde entonces, el joven músico ha repartido talento en más de cuarenta países del globo. «Cuando vas por trabajo, todos los sitios se parecen. Llegas a la sala, ofreces un concierto y luego te vas al hotel, que es un mundo aparte. Ni te enteras de dónde estás o de cómo es la ciudad», explica.

Sin embargo, sí hubo un destino que le permitió darse un baño de entorno y llenar sus ojos de postales: el Reino de Camboya. Engarzado en el sudeste asiático, entre Tailandia, Laos y Vietnam, este país de religión budista es el que Ara Malikian recuerda con mayor intensidad. «Fue una gira de conciertos muy distinta a las demás. Primero, porque allí no hay tradición de escuchar música clásica; segundo, porque nos alojamos en casas de familia donde pudimos ver cómo era una rutina normal».
Aquello le impactó profundamente. «Era emocionante vivir entre ellos, quedarse en sus apartamentos, comer juntos y pasear por los mismos sitios, como si fuéramos del lugar. Al estar allí, en la zona rural, me di cuenta de muchas cosas. El contraste con las ciudades es muy grande, igual que el contraste social. Cuando íbamos a tocar, veíamos lujo y opulencia. Cuando volvíamos a descansar, la sencillez lo era todo. Ofrecí conciertos para los políticos y las autoridades, pero viví con la gente del campo. Fue realmente maravilloso, nunca lo olvidaré».

Han pasado ya ocho años desde que, en dos meses, Malikian pudo conocer Camboya y sus alrededores como parte de aquella gira, organizada por una ONG alemana. «Nos pasó de todo. Nos quedábamos varados en tierra porque no salían los aviones, y teníamos que ir por unas carreteras muy malas», recuerda. No obstante, así descubrieron la existencia del templo de Angkor Wat, el edificio religioso más grande del planeta y uno de los más importantes tesoros de la arqueología mundial. «Estaba allí, un poco en ruinas y completamente desprotegido, ofreciéndose de una manera salvaje para todo el que quisiera verlo», describe.

Pero la imagen que destaca del viaje no es esa, sino «la mirada de la gente y su extrema bondad». «Nos observaban con curiosidad porque éramos diferentes, aunque su amabilidad y su trato eran increíbles -detalla-. Son pobres, pero llevan calor en el corazón y te dan hasta lo que no tienen con tal de que te sientas a gusto».

Las recomendaciones
Ni hoteles lujosos ni grandes ciudades. Para Ara Malikian, el mejor plan en Camboya es perderte en el campo. «Los turistas no lo hacen porque sienten miedo y creen que es peligroso, pero allí pasa justamente lo contrario. Los camboyanos son muy, muy amables, y la naturaleza es una maravilla que vale la pena disfrutar».

No hay comentarios: