28.3.08

"Los vascos y los chinos somos muy parecidos"

Conversar con Xiao Fang equivale a descubrir que las diferencias culturales son barreras permeables. Doctora en Geografía y residente en Bilbao desde hace siete años, no sólo ha logrado entenderse con los vascos, también se ha casado con uno. Además, ha creado una asociación que trabaja para difundir la cultura de su país, integrar a sus compatriotas en el mundo occidental y asesorar a las parejas locales que deciden adoptar niños chinos.

Todavía recuerda el día en que lo conoció. Fue en Shangai, durante una conferencia internacional sobre matemáticas aplicadas. Cuando lo vio, no imaginó que años más tarde acabaría siendo su marido, y mucho menos que ella misma terminaría viviendo en Bilbao, una ciudad a la que adora por su clima y por el nivel cultural de su gente. «Empezamos a salir y luego vivimos durante un tiempo en Norteamérica, ya que mi facultad tenía un convenio con una universidad canadiense. Allí nos conocimos mejor y decidimos que queríamos casarnos».

No fue fácil, por supuesto. Especialmente en el momento de decírselo a sus padres. «La mitad de mi vida como estudiante la pasé fuera del país o lejos de mi familia. Ellos estaban acostumbrados a eso, claro, pero no esperaban que me casara con un hombre occidental ni que terminara viviendo al otro lado del mundo». Su familia sintió dudas, aunque la seguridad de la joven pareja y el paso posterior de los años las fue apaciguando una a una.

«La mujer de un profesor mío me ofreció un excelente consejo», cuenta Xiao al recordar aquel tiempo. «Ella dijo que debía hacer mi vida y razonar por mí misma, que todos somos iguales, más allá del lugar donde nacemos, y que debía dejar de pensar que mi chico era ‘un extranjero’. Le hice caso y funcionó. Hay gente buena y gente mala en todas partes», resume en su hogar de la capital vizcaína.

Se casó con su marido en Shangai, donde celebraron una boda «bien china», sin tanta solemnidad
y sin pasar por la vicaría. «Los casamientos aquí son muy serios. Allí es justo lo contrario. Se vive casi como un juego», explica la geógrafa, que recuerda que las tradiciones milenarias se mantienen todavía, pero con un trasfondo muy lúdico. El día del casamiento –previa visita al registro civil– la novia invita a comer a sus amigos en la casa de sus padres. Por la tarde, llega el novio, «pero debe pedir permiso para entrar. Los amigos de la chica le hacen muchas preguntas y son ellos quienes deciden si puede pasar o no». Franqueada esa primera ‘barrera’, se celebra la ceremonia del té. «Si los padres de la novia convidan al pretendiente, significa que lo aceptan como yerno. Si no, ya puede olvidarse del tema», relata Xiao, quien aclara que, en la actualidad, estos ritos son «parte del juego».

Igual que ocurre con el que la novia «debe llorar». Al salir de la casa de su familia, «la chica tiene que hacerlo para demostrar que siente pena por dejar a sus padres», dice. En su caso, no fue difícil, ya que la partida suponía muchos kilómetros de distancia. «Por eso nos casamos allí, para que mi familia pudiera atesorar ese momento especial. La familia de mi marido nos tendría cerca el resto de la vida».

Seis comidas al día
Si la convivencia es el arte de la negociación, la boda de Xiao y su esposo es un buen ejemplo de ello. Pero cuando la diferencia cultural es tan fuerte, hace falta un poco más. «Al llegar aquí me sentí un poco perdida», confiesa. Sin embargo, mi marido y su familia «me han ayudado mucho y siempre están pendientes de mí. Hoy en día, me encuentro muy bien, muy a gusto y muy cómoda con ellos». Y eso que al principio les tocó acompasar sus horarios, su gastronomía y sus ritmos de vida.

«Yo tenía muy arraigadas las horas para comer, que son distintas a las de aquí. Quería acompañarlo a él mientras comía, así que hubo un tiempo en el que me sentaba a la mesa unas seis veces al día», detalla entre risas. No obstante, «hay cosas muy similares», y Xiao no duda en afirmar que «los chinos y los vascos somos muy parecidos». El valor de la familia, la importancia de los amigos y el gusto por la comida «son exactamente iguales».

Esas similitudes –y también las diferencias– la han llevado a crear una asociación dedicada a difundir la cultura de su país mediante charlas, conferencias y proyecciones de películas chinas. Asimismo, Xiao ofrece todo tipo de información y datos a las parejas vascas que adoptan niños chinos. Con un solo objetivo: que la integración les resulte más sencilla. En definitiva, hacer todo lo que sea necesario «para que nos conozcamos un poco mejor».

21.3.08

"El calendario de bomberos fue un gran paso para mí"

Los Bomberos de Bilbao se desnudaron ante sus ojos y de aquella sesión de fotos surgió un producto incendiario: un calendario sugerente y sexy que estremeció a la sociedad. Tras la cámara, estaba él, un experto en trabajar con la luz, pero siempre ubicado en las sombras; por ello sus retratos son más conocidos que su propio rostro. Se llama Lucho Rengifo, es fotógrafo de profesión, peruano de nacimiento y nuevo vasco por elección.

Lleva veinte años afincado en Vizcaya, aunque recuerda con precisión que llegó por casualidad. «Vine aquí por una chica que entonces era mi novia», detalla. Antes de eso, vivió en Londres durante tres años y medio, donde intentó estudiar teatro pese a no dominar el idioma. «De verdad, me apasionaba –confiesa–. Cuando surgió la posibilidad de viajar a Inglaterra por el trabajo de mi padre, no lo dudé. Pedí una excedencia de un año en la facultad de Ingeniería y me marché a probar suerte». Desde entonces hasta ahora, sólo ha vuelto a Perú por turismo, por sus padres y su hermana, la querencia que más extraña.

Pero no fue la actuación, sino la fotografía, la disciplina que lo cautivó. «Yo estaba convencido de que el teatro era lo mío –asegura–, hasta que ‘ella’ se cruzó en mi camino, me sedujo y me enamoró. Al final, me rendí a sus pies. Hice un curso para dominar la técnica, y el resto lo descubrí yo solo», relata este «autodidacta» en permanente idilio con su profesión.

Llegó a Euskadi en ese estado pleno, con la sensación de que todo era posible y de que se comería
el mundo enseguida. «Pensaba que iba a arrasar, pero no». La verdad es que tardó unos años en alcanzar esa meta soñada. «Fui realizando mi trabajo a conciencia, paso a paso, desarrollándome técnica y creativamente», relata. Así conoció el mundo de la moda, los certámenes de belleza, la fotografía publicitaria, las pasarelas... y ¿los Bomberos de Bilbao?

¿Cómo se enmarca esa instancia en su trayectoria profesional? Fue otro guiño de la vida que le llegó por casualidad. «Los bomberos querían recaudar fondos para hacer un viaje a Australia y pensaron en un calendario que pudieran vender con ese fin. Uno de los chicos conocía mi trabajo y entonces me llamaron para fijar una reunión», explica. Aquel encuentro dio paso a una sesión de fotos rompedora que causó sensación en España y no pasó desapercibida, especialmente entre el público femenino.

Pero tampoco pasó inadvertida para los productores de televisión de ETB, que se inspiraron en ese trabajo para dar vida al programa ‘El calendario del año’, un ‘reality’ novedoso que se emitió en 2007 y que contó con la presencia de Lucho. Si el primer proyecto dio un gran impulso a su carrera, el segundo dio a conocer su nombre, su rostro y su manera de trabajar. «Para mí significó un gran paso porque por primera vez me enfrenté a que el gran público viera cómo soy cuando trabajo, cómo es el proceso y cómo me relaciono con las personas que retrato».

La magia y los hechizos
Ese nexo que consigue –tal vez arte, tal vez magia, quizá un poco de los dos– es posible por su experiencia y por su modo de mirar. Incluso con los objetos consigue esa sintonía, cuando estudia sus texturas, sus formas, y el punto en el que se encuentran en su «máxima expresión». Con las
personas sucede lo mismo. «Yo siento cuando se entregan», cuando la timidez y el corte que provoca una cámara ceden paso a la confianza y le permiten «conectar».

Sin embargo, hay una constante que subyace en cada proyecto. A Lucho Rengifo, el enamoramiento le incita a avanzar; algo más que comprensible para alguien que se dedica a capturar cosas bellas. Así fue con su profesión –de la que se confiesa totalmente cautivado–, con el motivo que le trajo a estas tierras, y con la razón que encontró para quedarse. «Me enamoré de Bilbao, de su gente y de la cultura vasca. Me encanta este lugar».

Fruto de ese idilio es el nuevo proyecto que se trae entre manos: un libro de fotografías basado en la mitología de Euskadi, con especial énfasis en las brujas y las lamias. Este trabajo, que aún se encuentra en fase de gestación, contará con la colaboración de diseñadores de moda vascos, escritores locales y escenarios autóctonos. «La mitología de aquí me parece alucinante, los cuentos y las leyendas contienen una gran riqueza y estoy deseando poder plasmar esa belleza en la fotografía», adelanta. Por supuesto, el desafío le infunde «respeto». «A veces me pregunto qué hace un peruano abordando la cultura ancestral de un país que no es el suyo, pero quizás por ser extranjero descubro en ella algo nuevo». Algo que llama su atención y le enamora.

14.3.08

"Dios me tenía reservado un futuro maravilloso"

Tiene 40 años, cuatro hijos y un marido al que califica como «el mejor hombre de Euskadi». Tras un año y dos meses de residencia en el País Vasco, Ruddy Mateo está ilusionada, y razones no le faltan. En febrero abrió su negocio: una peluquería latina. Y Algo más. Mañana parte hacia su país, República Dominicana, para traer a sus hijas pequeñas.


Llegó en diciembre de 2006 con un puñado de ilusiones. Atrás quedó Santo Domingo, la ciudad en la que vivía, y quedó también su familia, lo que más echa de menos. La isla que aquí se ve como un resumen del paraíso tiene su sol y tiene sus sombras. Y fueron estas las que, en su día, impulsaron a Ruddy a emigrar. «Vine yo sola –relata–. Quería intentar algo nuevo y ponerme a trabajar para que mejoraran las cosas».

Se decidió por el País Vasco gracias a una amiga suya que había llegado antes y le dijo que «estaba muy bien» porque «aquí había calidad de vida y eran todos amables». Con explicaciones como esas, no se lo pensó dos veces. Cogió las maletas y se montó en un avión. Tardó poco en comprobar que las impresiones de su amiga eran ciertas, y otro poco en descubrir por sí misma que en Vizcaya «había más». Sin preverlo ni esperarlo, Ruddy se enamoró.

«Lo conocí al mes de llegar, en marzo vivíamos juntos y celebramos la boda en noviembre», enumera con rapidez. ¿Así de fácil? «Sí. Encontré al mejor hombre de Euskadi y fue un ‘flash’. Mi marido es una gran persona, es atento y amable... Por momentos siento que vivo con una amiga. Nunca había conocido a un hombre tan cariñoso y comprensivo». Un compañero que no dudó en apoyarla con sus dos grandes proyectos: tener un negocio propio y reunir a su familia.

El primero lo concretó hace poco más de un mes, cuando abrió una peluquería latina en el centro de Barakaldo. Y es allí, justamente, donde tiene lugar la entrevista, al compás de una bachata. «En Santo Domingo era peluquera y estoy muy feliz por poder dedicarme a eso aquí. A veces pienso que todo fue un relámpago de suerte, que Dios me tenía reservado un futuro y un amor maravillosos».

Como todo salón de belleza, el de Ruddy guarda secretos. Comentarios o confidencias que reflejan el pulso del barrio. En este caso, también del mundo, pues los clientes que vienen aquí tienen nacionalidades diversas. «Vienen vascos, por supuesto, pero la mayoría son extranjeros». Lo que es común a todos ellos es que comparten sus vidas, y que un momento en la peluquería basta para percibir sus sueños. O, a veces, preocupaciones.

Encuentros y despedidas
Además de la farándula o el seguimiento de la telenovela ‘Marina’, hay otros temas conversación. Por ejemplo, aeropuertos. Las anécdotas de algún reencuentro o los proyectos de vacaciones son tan mencionados como los trámites administrativos, el envío de documentación y remesas o los pisos para compartir. Son relatos de personas en movimiento, con afectos y obligaciones en varias partes del mundo. Mientras uno se presenta, otro se despide, pero no con un ‘hasta luego’, sino con un «regreso a mi país».

Los planes de Ruddy Mateo no contemplan envejecer en Euskadi. «Yo quiero envejecer allí», dice, en República Dominicana. «Dentro de diez años, mis hijas más pequeñas serán mayores de edad y podrán decidir lo que quieren. Y es posible que se quieran quedar». Aunque ella se siente «muy a gusto» en Vizcaya, sabe que aquel es su lugar y no le cuesta imaginarse jubilada, disfrutando junto a su marido «del sol». El proyecto suena idílico y lo sabe. Pero le tiene fe. «Mi esposo y yo somos muy felices, aunque a veces nos miren raro. Hay muchos prejuicios sobre los matrimonios mixtos. El otro día, por ejemplo, hicimos las compras juntos y yo pagué con mi tarjeta. Dos mujeres se miraron entre ellas. Se sorprendieron porque soy negra y tengo cuenta bancaria».

7.3.08

"Mao nos salvó de la miseria"

Su nombre real es Sheng Jun, pero todos le conocen como Manolo. «Así nos entendemos todos», admite. El detalle no es menor, porque se dedica a lograr que la gente se entienda. Llegó a Bilbao desde Pekín hace 17 años y trabaja como traductor e intérprete en los juzgados y las notarías.

La historia de ‘Manolo’ Jun es una caja de sorpresas; tanto la que tenía en China como la que decidió forjarse en Bilbao. De aspecto serio a primera vista y trato formal cuando se acerca y saluda, basta con que abra la boca para descubrir a «un tío majo» con altas dosis de simpatía y un gran sentido del humor. «Dicen que soy agradable», comenta al iniciar la entrevista, sabiendo que no se equivocan.

No deja de repetir sus años –68, «que no son pocos»–, desde el momento mismo de concertar el encuentro. «Me va a reconocer enseguida porque soy un hombre mayor y, bueno, soy chino», anunciaba en la víspera. No obstante, esa vejez de la que tan orgulloso se siente no le ha impedido en absoluto atreverse a conocer el mundo. Porque, de hecho, ese fue el motivo que le impulsó a dejar su país: la «curiosidad».

Hijo de campesinos, nacido en un hogar muy pobre, Manolo se trasladó a Pekín para estudiar Ciencias Sociales, castellano y ruso. Con el tiempo, y convertido en intelectual, llegó a ser funcionario del Gobierno. «Soy muy fiel a Mao porque nos salvó de la miseria», dice. Allí tejió su carrera (también en México, donde ocupó un puesto de la embajada), se casó y tuvo a su hijo.

Uno solo... hasta que emigró. «En China se premia al que cumple y hay un control importante de la natalidad –explica–. La anticoncepción es gratuita y está impulsada por el Gobierno. Si tienes más hijos, te multan». Justamente, lo contrario a lo que sucede en España. «Aquí te estimulan para que tengas más niños y eso nos sorprendió», recuerda con una sonrisa. Fruto del cambio es su hija, que nació en el Hospital de Basurto un año después de que Manolo llegara a Bilbao.

Antes de eso, sin embargo, vivió en un pueblo de Tarragona. «No estuvimos mucho tiempo. Mi mujer, que es médico, consiguió trabajo en una clínica, pero no nos gustó, así que nos mudamos». Vinieron a Santutxu, a casa de unos familiares, y abrieron un restaurante. La hostelería les permitió ahorrar dinero –Manolo es propietario de tres pisos en Bilbao y conserva el de Pekín–, aunque decidieron cerrar el local cuando el dueño quiso subir el alquiler un 10%. «Ya pagábamos medio millón de pesetas al mes. Era demasiado», reconoce.

Primero hostelero
Su conocimiento del castellano fue la puerta a un nuevo trabajo; el que desempeña en la actualidad. «Siempre hablé muy bien el idioma, porque lo había estudiado antes, y manejo sin problemas los imperativos, los subjuntivos y los gerundios –enumera–. ¿A cuántos chinos conoce
que construyan frases con un condicional?». Según él, son muy pocos. De ahí que, cada vez con mayor frecuencia, sus compatriotas le pidieran ayuda cuando debían realizar algún trámite. «Conozco al dedillo casi todas las oficinas públicas porque he acompañado a varios chinos a gestionar sus permisos de residencia, renovaciones de licencias y papeles administrativos», señala.

Pero también conoce abogados, sobre todo, a los de oficio», porque Manolo es traductor en los juzgados del País Vasco. Allí la cosa «sí es seria, no te puedes equivocar y hay que traducir con términos exactos», subraya. En un caso de robo, agresión o indocumentación, un error puede ser nefasto. La seriedad profesional se superpone con el carácter distendido que ostenta cuando pasea. «Voy saludando a todo el mundo, tengo amigos en todas partes y me siento muy a gusto en Bilbao. Vine para ver cómo era, porque mi vida ya estaba hecha, y aquí sigo. A pesar de mi edad, tengo la mente libre y soy majo. Igual me quedo aquí el resto de mi vida».