16.2.09

Animales de costumbre

El sábado pasado, antes de ayer, salí a caminar de tarde por el centro de Bilbao. Estaba nublado y hacía frío, pero no llovía ni había viento, así que me lancé a la calle. Era el día de San Valentín, el de los enamorados y los comerciantes y, como es lógico, allí estaba toda la parafernalia amorosa típica invadiendo las esquinas y las tiendas, con las vidrieras rebosantes de corazones en forma de póster, muñequitos, globos y bombones. Y con gente comprándolos, claro, que la globalización tiene sus servidumbres y, de vez en cuando, se anima y raya lo cursi. De tanto amor iconografiado, impreso y latente, la ciudad parecía una enorme feria de cardiología. Sin embargo, el sábado también fue un día de rabia contenida y protesta. En las mismas calles, las mismas veredas, las mismas esquinas saturadas de corazones, tuvo lugar una marcha que, si bien había sido prohibida por el juez Baltasar Garzón, salió igualmente hacia el centro, a tomarle el pulso a Bilbao, la policía y los medios.

La manifestación se convocó para protestar contra el Tribunal Constitucional, porque anuló las candidaturas de Demokrazia 3 Milioi (D3M) y Askatasuna en las próximas elecciones vascas, que se celebrarán dentro de dos semanas. La marcha estaba prevista para las cinco y media de la tarde; tan prevista como prohibida, lo que provocó que un par de horas antes empezaran a percibirse algunos movimientos policiales en la calle y, más tarde, en el cielo, donde un helicóptero oficial sobrevolaba el laberinto de la ciudad, las concentraciones y los desplazamientos potencialmente peligrosos.

Yo estaba de pie en una librería cuando escuché los primeros disturbios. Sirenas y bocinazos, sonido de disparos de goma, jóvenes corriendo, bifurcándose en las calles, perseguidos bien de cerca por camionetas y patrulleros. Con el libro que tenía en las manos, me acerqué a la vidriera del local y miré hacia fuera. La chica que atendía en el comercio, que estaba de espaldas a la calle, no se inmutó, no se dio vuelta para mirar la vereda, no dijo nada; ni siquiera apartó la vista de la computadora en la que estaba escribiendo. Si una fuera sorda y tuviera que basarse en la expresión de los demás para interpretar el mundo, juraría que ahí mismo todo estaba como siempre, empapado de normalidad.

Cuando la cosa se calmó un poco, salí de vuelta a la calle y seguí con el paseo. De San Francisco (el barrio donde estaba) a la Gran Vía (el equivalente bilbaíno de nuestra 18 de Julio), había unas cuadras de camino; muchas de ellas encadenadas a un lado de las vías del tren. El clima o, mejor dicho, la atmósfera, oscilaba entre lo raro y lo normal. Por un lado, gente con bolsas, paseando, charlando en la vereda, disfrutando de la tarde. Por otro, cordones policiales con efectivos encapuchados, escudos de defensa, chalecos y cascos, lanzadores de balas de goma e hileras serpenteantes de patrullas. Gente mirando, gente indiferente, contenedores volcados en el medio de la calle, conductores enojados porque no podían avanzar. Luces de faroles, de comercios y patrullas iluminando estas escenas, que parecían discurrir en dos mundos paralelos.

Según leí en el periódico de ayer, el saldo de todo el revuelo fueron doscientos contenedores de basura volcados (diez de ellos quemados) y cinco personas detenidas. Iñaki Azkuna, el alcalde, lamentó profundamente estos hechos y destacó el "terror y el miedo" que sufrieron los ciudadanos esa tarde, incluidos los turistas que andaban por allí. Es verdad que alguna tienda bajó la persiana con la gente adentro, y es verdad que más de uno se metió en cualquier comercio con tal de no estar en la calle, exponiéndose a cualquier trifulca. Pero no es menos cierto que, mientras unos gritaban y otros perseguían, mientras cargaban el aire en conjunto, mientras se oían disparos a lo lejos, muchos de los que estábamos allí seguimos haciendo la nuestra; mirando tiendas, comprando cosas, observando corazones y lacitos de vidriera. En algún momento pensé que la sociedad es un evento complejo y que nosotros somos animales de costumbre. Así como nos resulta natural que se celebre San Valentín o Halloween en España, en Uruguay y en la China, para los que estamos aquí también es muy fácil ir a dar una vuelta, atravesar una manifestación prohibida y oír tiros de goma sin paralizarse de miedo. Tristemente fácil; patológicamente normal.

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