1.4.09

La conjura de los nadie

Desde septiembre de 2008, un novedoso programa de radio bilbaíno apuesta por la creatividad y la libertad de expresión. En El Club de los Sentidos coquetean con la performance, el cabaré y el teatro

El Club de los Sentidos es un lugar dondepuede pasar cualquier cosa. En un abrir y cerrar de ojos, el espectador puede convertirse en protagonista, y el protagonista, enespectador. Allí conviven la música en directo, la literatura, el humor y la interpretación, como si la mezcla del jazz, la gastronomía, Baudelaire, el erotismo y el funky fuera la cosa más natural del mundo. El intercambio de filias, el exorcismo de fobias y la sinergiade talentos (muchos de ellos, ocultos en la vida cotidiana) son la clave de esta novedosa propuesta que da rienda suelta a la creatividad y discurre entre el arte escénico, la performance, el ambientillo de Nueva Orleans y el formato radiofónico de los años cincuenta. Todo se gesta en un genuino rincón de Bilbao que aún no ha sido alcanzado por la renovación del siglo XXI. Así de versátil es este proyecto, que causa adicción en el público mientras huye de las etiquetas.

Pero ¿de qué va este club? Sin ánimo de ponerle un corsé (no podríamos hacerlo ni apelando a su perfil de cabaré), hay tres o cuatro ideas que sirven de referencia. La primera: que es un programa de radio. Se graba todos los viernes, a partir de las 21.00 horas, en las instalaciones de Hacería Arteak, una sala cultural alternativa que acaba de ganar el premio Ercilla a la mejor labor teatral por sus diez años de trayectoria y que, gracias a su ubicación junto a la ría, conserva la esencia más pura, metalúrgica y naval de la villa. Cada semana, el lugar se mimetiza en una especie de café berlinés donde el humo del tabaco se enreda entre los focos y todo lo que hay allí —mesas, sofás, micrófonos, copas y gente— queda envuelto por la semipenumbra, la calidez de las velas y una atmósfera clandestina que sólo existe en esos sitios donde la palabra, el silencio, la música y hasta los gestos se despojan de toda regla.
Desempolvando formatos olvidados
Este programa de radio no rehúye la actualidad (más bien la encara, la discute y la cuestiona cuando hace falta), pero rescata formatos de antaño, como la música en directo, el sonido del vinilo o el espacio de la radionovela, que apela a la imaginación. Así, hay lectura de relatos y poesía, actuaciones improvisadas, entrevistas irreverentes y participación libre del público. O, dicho de otra manera (hay más de un punto de vista válido), es un café-concierto con un escenario difuso que se desdibuja entre las mesas, los sillones y las alfombras, donde también hay un presentador que hace un programa de radio. A propósito de presentaciones, Jokin González es quien capitanea este barco. Suya fue la idea original de montar este club sensorial para combinar la literatura y el jazz, aunque, como él mismo reconoce, el proyecto adquirió vida propia y una identidad singular con muchos más matices, tanto en la sonoridad como en las letras y el público. De ahí que serefiera a la propuesta como «un espacio multidisciplinar en el que celebramos la fiesta de la vida» o, más irónicamente, como «la conjura de los nadie».
Vaya modo de sintetizar esta empresa. «Los nadie». Esos que nunca tienen cabida ante un micrófono, aunque sí tienen mucho que decir. Esos que, al hablar, despiertan sensibilidad (o nerviosismo) en quienes los oyen porque lo dan todode sí; porque se dejan los tabúes, las buenas formas y el miedo en un rincón del escenario antes de plantarse ante el resto. Probablemente ahí estribe la fuerza de este club heterogéneo. Por un lado, en la posibilidad de expresarse libremente a través de la música, la palabra, la fotografía o la pintura aunque no se tenga mecenas, padrino, nombre artístico ni patrocinador. Por otro, en el más absoluto respeto. La gente aprecia cada actuación y no sólo por el contenido, sino también por ese salto al vacío que supone desnudarse, exponerse frente a los demás. En esa línea, que tiene un punto terapéutico y curativo, los aplausos son la respuesta al talento, la fragilidad y, cómo no, la valentía.
Para tomarse vacaciones de uno mismo
Pero esto es sólo una parte de lo que ocurre en el programa. Hay algo más; otro fenómeno paralelo e igual de interesante. Si bien, como dice Jokin, el club es un lugar de expresión para «los nadie», también es un sitio de liberación para ‘los alguien’: personas con nombre, apellido, profesión y una imagen que mantener que, por espacio de dos horas, se permiten olvidar los formalismos y las apariencias; que se toman vacaciones de sí mismas. El empresario, el abogado, la doctora, el funcionario, la mesera, el barrendero o la economista dejan la vida colgada en la puerta e interactúan allí por igual. En este club, entre las mesas, importan poco los roles de afuera, los cargos que se desempeñan, el sexo o la edad. Lo que importa de verdad es la sensibilidad, la fibra, lo de adentro. Y eso es lo que convierte a El Club de los Sentidos en un proyecto distinto y auténtico: que le permite a la gente fluir. Por ello es posible encontrar a un jubilado, un ama de casa y un Erasmus compartiendo sillón, escenario o aplausos.
Además del público (que crece semana a semana), y del propio Jokin (que se confiesa como «el primer sorprendido» por el desarrollo del programa en estos meses), en el club hay una serie de moradores habituales. Mónika, que no deja a nadie indiferente con sus relatos llenos de erotismo; Txemi, que sorprende con sus doblajes humorísticos (y cañeros); Peru, que pone el acento en los poetas franceses del desencanto; y Silvia y Maite, que hacen volar la imaginación de los ausentes (y los presentes) con su voz, son algunos de los protagonistas de los viernes por la noche. Ellos son quienes se encargan de activar, con humor, desparpajo, dramatismo y sensualidad, la vena sensible del público; aunque sigan sin tener muy claro cuál es el secreto de su éxito y por qué la gente se engancha.
Lo mejor de esta fiesta, vivirla
Por esa razón, y más allá de lo que ellos mismos puedan contar, la mejor manera de entender esta fiesta es vivirla; ya sea oyéndola desde casa o disfrutándola en el lugar. Y eso fue lo que hicimos unv iernes cualquiera: nos acercamos a la Hacería y nos colamos entre el público, mientras los chicos ponían a punto la sala. Ya sabéis... se hicieron pruebas de sonido y ensayos de iluminación, había papeles por todas partes, una buena cuota de ansiedad y, sobre la mesa de Jokin (junto al micrófono, un ordenador portátil y el guión), una ristra de chorizos y un vino. Sí, así como lo estáis leyendo. Sin nada más (ni nada menos) que eso, el programa empezó a grabarse a las nueve y media de la noche. Para las diez, el club estaba lleno de gente y, sólo media hora más tarde, ya se habían agotado las latas de cerveza. La música de The Shaggin Wagon —el grupo que se presentó esa noche— se fue alternando con textos de Rafael Valcarce, Mario Benedetti, Jorge Luis Borges yEdgar Allan Poe; todos leídos o recitados de memoria por diferentes participantes del club. Y esa noche, al igual que otras, se sirvieron espaguetis en vaso. No hubo ópera ni tango ni corresponsales en el cuarto de baño, aunque sí los ha habido otras veces, y lo sabemos porque repetimos experiencia. Porque la propuesta es altamente adictiva y, como decíamos al comienzo, El Club de los Sentidos es un lugar donde puede pasar cualquier cosa. Uno puede ir allí para escribir un reportaje y acabar, como fue el caso, ayudando a cortar una ristra de chorizos o descorchando y sirviendo el vino.

1 comentario:

Jokin Gonzalez dijo...

Gracias Caorsi por cree en el Club de los Nadie.