22.2.10

"Bilbao equilibra bien el orden del norte y la vida alegre del sur"

El argentino Marcelo Villegas es doctor en Biología y llegó hace un par de años a Euskadi, donde trabaja en una compañía de medicina personalizada

Siempre le gustaron las ciencias; en particular, la biología. Y, aunque en su familia opinaban que como científico «se iba a morir de hambre», Marcelo decidió transformar su vocación en carrera cuando todavía era un joven que vivía y estudiaba en Argentina. «En casa me decían que la profesión de biólogo no tenía salida laboral y estaban preocupados por ese aspecto -señala- así que cursé dos licenciaturas a la vez. Por un lado, estudiaba lo mío, lo que en verdad me gustaba, y por otro aprendía informática como un resguardo, para asegurarme un trabajo a futuro. De esa manera, todos estábamos tranquilos», dice con una sonrisa.

El gesto de Marcelo no es casual: contra todos los pronósticos, jamás trabajó como informático. En su lugar, al terminar la carrera consiguió un puesto en un laboratorio de Buenos Aires, donde dio sus primeros pasos como investigador. «El trabajo me gustaba y había adquirido experiencia, pero llegó un punto en el que supe que no iba a progresar más. Había ascendido con rapidez y había alcanzado mi techo profesional, pues todos mis jefes tenían estudios de posgrado. Comprendí que debía seguir formándome si quería avanzar», explica.

El impulso le llevó hasta Heidelberg, Alemania, donde se graduó como doctor en Biología y donde, también, cambió por completo su vida. En efecto, Marcelo no sólo había conseguido una beca para estudiar en uno de los centros más prestigiosos de Europa. También allí conoció a una joven japonesa, estudiante de posgrado en Medicina, que se acabaría convirtiendo en su esposa.
«Me impactó la primera vez que la vi, en la cafetería del edificio donde estudiábamos. Aunque Alemania es un país cosmopolita y yo tenía amigos de todas partes del mundo, no sabía bien cómo proceder con alguien cuya cultura era tan diferente a la mía», recuerda divertido. Aun así, Marcelo se lanzó. Y no le fue nada mal: un café, varias charlas y algunos meses después, las diferencias culturales dejaron de ser barreras para convertirse en anécdotas.
¿Un ejemplo? «El día que conocí a sus padres y pedí su mano... en japonés», relata este argentino que, por aquel entonces, no dominaba el idioma. «Me aprendí de memoria lo que debía decir y, como era de esperar, me equivoqué en una parte, pero fue muy divertido», reconoce. También lo fue la boda, que constó de dos partes. «La ceremonia civil fue en Japón y la fiesta, en Argentina», detalla Marcelo.

Elegir un lugar de residencia
La singularidad de este matrimonio dejaba entrever un dilema, pues la pareja se planteaba dónde vivir. «Todavía estábamos en Alemania, pero no queríamos quedarnos allí. Aunque habíamos aprendido el idioma y los dos teníamos oportunidades reales de trabajo, nunca llegamos a adaptarnos del todo al lugar. De alguna manera, nos sentíamos permanentemente extranjeros, diferentes o raros», cuenta Marcelo.
Tras meditarlo con calma, decidieron que el país de destino sería España. «Nos gusta mucho Europa, pero queríamos un país con algo más de calidez. Pensamos que éste sería ideal para vivir, no sólo por la cultura, sino por la ubicación geográfica. Viniendo de las antípodas, a los dos nos quedaba a mitad de camino de casa».

Marcelo se postuló a una oferta laboral que vio publicada en una revista científica. «Y aquí estoy -dice dos años y medio después-, trabajando como líder de proyecto en I+D de Progenika, una empresa de biotecnología que está afincada en Zamudio». En su opinión, el cambio ha sido muy favorable, tanto para él como para su esposa. «Es verdad que ella aquí no ejerce su profesión, que los alquileres son caros comparados con Berlín y que el salario medio es más bajo -señala-. Sin embargo, aquí estamos muy a gusto los dos. Bilbao equilibra muy bien el orden del norte y la vida alegre del sur; la flexibilidad y las normas, lo mejor de la parte latina y de la parte sajona de Europa», dice Marcelo, que, además, asegura sentirse como en casa. De Bilbao nos atrajo ese punto de equilibrio y la seguridad. Y mi trabajo, claro, donde puedo desarrollar mis conocimientos».


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