28.2.11

"Montar tu propio negocio es un reto, pero vale la pena"

«Si todo el tiempo te dicen que no sabes hacer nada, acabas con la autoestima por el suelo», dice este estilista que decidió darle un giro a su vida.


Las últimas semanas han sido algo agitadas para Thiago y su novio. El jueves pasado inauguraron su salón de belleza en Bilbao y dentro de diez días pasarán por el juzgado para asistir a una boda: la suya. «A mucha gente le sorprende que nos casemos siendo tan jóvenes, pero en Brasil, nuestro país, existe la costumbre de empezar pronto. Nunca he pensado en casarme a los cuarenta años y entonces formar una familia», reconoce Thiago, que tiene 24 años y lleva tres en pareja.

Procedente de Río de Janeiro, Thiago Suares Ribeiro se afincó en Bilbao en 2004, poco después de terminar el instituto, aunque ese no fue su primer viaje a Euskadi. «Vine varias veces antes -señala-. La primera fue en 1992, cuando tenía seis años. Luego vine en 1996, y estuve un año y medio. Volví en 1999... hasta que cumplí los 18 años y tomé la decisión de quedarme». La presencia de su madre, que había emigrado al País Vasco cuando él era aún pequeño, explica la frecuencia de sus viajes. «Yo vivía con mi abuela, en Brasil, pero venía a visitarla siempre que podía», recuerda.

Tras radicarse en Euskadi, Thiago estudió estilismo y peluquería, y comenzó a trabajar en cuanto acabó la carrera. «Pero tuve bastantes desilusiones -confiesa-. Incluso llegué a pensar en tirar la toalla. Es duro salir de la academia, empezar a trabajar para otros y que todo el tiempo te hagan sentir que no sabes hacer nada. Quiero decir, no se trata solamente de que tus jefes te exijan demasiado, sino de que te limiten para crecer. Yo trabajaba más de ayudante -haciendo la limpieza, por ejemplo- que de peluquero estilista, lo que soy. Con esa situación repetida un día tras otro, la autoestima se te va al suelo.

Lejos de amedrentarse, Thiago optó por enfocar las cosas de otra manera. «En esa época -relata-, además de trabajar en el salón de belleza, mi pareja y yo hacíamos servicios de peluquería a domicilio por nuestra cuenta. Todos los fines de semana íbamos de arriba para abajo con nuestras cosas, atendiendo a las personas en su propia casa, y la gente estaba encantada. Entonces me di cuenta de dos cuestiones. La primera, que no hacía las cosas mal, que valía para el trabajo y que en la peluquería no me habían contratado por casualidad: nadie conserva a un empleado ineficiente. Lo segundo que noté era que me iba mucho mejor trabajando así, por libre. Me sentía más a gusto, estaba más relajado y podía poner en práctica todo lo que sabía».

Sin avales
El siguiente paso fue claro. «Tenía que hacer un cambio», aunque ese cambio representara un riesgo: Thiago y su novio decidieron renunciar a sus empleos para abrir su propia peluquería. «Tardamos varios meses en hacer realidad el proyecto. Y lo pasamos mal, claro... Mientras asistíamos a cursos para emprendedores, buscábamos un local que nos gustara y nos sumergíamos en el mundo de los créditos y los avales, seguíamos trabajando como podíamos, a domicilio, para mantener los ingresos y no perder lo que habíamos ahorrado», cuenta Thiago.

Para él, lo más duro fue descubrir que «algunos propietarios prefieren tener las lonjas cerradas y vacías antes que alquilársela a un extranjero con ganas de trabajar», y el principal desafío consistió en demostrar que «se pueden hacer cosas muy buenas con bajo presupuesto, sin tener que arruinarse o endeudarse para toda la vida».

«Mira, montar tu propio negocio es un reto, pero estoy convencido de que vale la pena, incluso en tiempos de crisis. Si estás mal, si no te sientes a gusto en un sitio, no puedes quedarte estancado, tienes que hacer algo con eso. Nosotros encontramos este camino y también pensamos en un modelo de franquicia, para abrirle paso a otros jóvenes que tienen talento y quieren progresar. Aunque te rechacen, aunque todo se haga cuesta arriba, se puede».

23.2.11

Seguros contra atracos

La protección contra los atracos está incluida en paquetes más amplios y su coste y condiciones varían según lo pactado en la póliza.

Los delitos contra el patrimonio han descendido. Durante 2009 -último año del que se dispone de estadísticas completas en el Ministerio del Interior- se registraron menos robos violentos y "tirones" que en los años anteriores. Sin embargo, los hubo y no fueron pocos. Según el último balance de la Evolución de la Criminalidad, se perpetraron 15.300 "tirones" en la calle, 71.550 robos con violencia en la vía pública y más de 160.000 robos con fuerza en las viviendas. La Asociación Empresarial del Seguro (UNESPA) estima en su memoria anual que la frecuencia media de los robos fue de uno cada dos minutos en los hogares y uno cada ocho minutos en los comercios.

Las cifras provocan que, a pesar del descenso objetivo de delitos, la inseguridad ciudadana mantenga su protagonismo, sobre todo, en esta época de crisis. El barómetro de noviembre del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) la sitúa entre los principales problemas del país, y para el 8,3% de los españoles es el más grave. En este contexto, no sorprende que cada vez más personas se interesen por cuidar y proteger su patrimonio, ya sea en casa, en el comercio o en la calle. Ante el temor de ser víctimas de un atraco, particulares y comerciantes recurren, entre otras opciones, a la contratación de seguros. La protección contra estos delitos está incluida en paquetes más amplios y su coste y condiciones varían según lo pactado.

Un seguro no específico

A diferencia de otros países, donde las tasas de violencia son más elevadas y hay seguros para cuestiones muy concretas, en España se carece de seguros específicos contra atracos. Sin embargo, sí es posible asegurarse contra estos incidentes. ¿De qué manera?

  • Con la contratación de productos más amplios, como las pólizas multirriesgo para el comercio y el hogar, que contemplan los robos y atracos como unos siniestros más de los muchos que podría sufrir el asegurado.
  • Al contratar las tarjetas de crédito o débito en un banco. En este caso, las entidades incluyen un seguro contra los robos y atracos sufridos en las inmediaciones de los cajeros automáticos.

Modelo acotado

La protección que proporcionan los seguros ante los atracos es finita. Tiene límites concretos que operan, sobre todo, en dos aspectos: el económico y el circunstancial. Esto significa que cubren un máximo de dinero, siempre que el atraco se perpetre en unas condiciones concretas.

El seguro que incluyen las tarjetas de crédito o débito solo funciona para los siniestros relacionados con esas tarjetas que, además, estén ligados a las operaciones que se hayan hecho con ellas:

  • Indemnizan al cliente cuando éste saca dinero del cajero y, a continuación, es víctima de un atraco o un robo. Algunas entidades restringen la cobertura por tiempo (solo atienden los asaltos que se perpetran 10 o 15 minutos después de haber dispuesto el dinero) y otras lo hacen por distancia, en función, en exclusiva, de los robos que tienen lugar en un determinado radio que toma como referencia al cajero.

  • La compensación económica es equivalente al monto que haya extraído en esa operación y, salvo raras excepciones, no cubre la pérdida de otros bienes que la víctima lleve consigo (relojes, móviles, joyas, etc.).

La cobertura de los seguros multirriesgo del hogar o del comercio con respecto a los atracos es, en principio, más amplia:

  • Los seguros que contemplan asaltos en la vía pública no se limitan a operaciones concretas con un producto bancario, como en el caso de las tarjetas, pero sí ponen restricciones económicas y coyunturales.

  • Tanto en estos seguros, como en los que cubren solo atracos en el domicilio, los topes económicos se pactan al contratar la póliza. No vale con presentarse a la aseguradora y contar que se ha sido víctima de un robo y que ese día había dinero extra en casa o en la cartera.

  • Los bienes sustraídos deben estar declarados antes como parte del patrimonio que se asegura y, además, la víctima debe probar que el atraco ha sido real y que le han robado la cantidad u objetos que declara.

  • Si el incidente sucede en la vivienda o en el comercio, la aseguradora responderá por los bienes que su cliente haya declarado tener (entre otras cosas, porque este factor incide en el coste de la póliza que se paga).

  • Si el atraco se perpetra en la calle, la aseguradora responderá por los bienes que el cliente tenga asegurados y lleve en el momento del robo (como joyas, móviles u ordenadores portátiles). También puede responder por los gastos que conlleva cambiar la cerradura de casa (si le roban las llaves) y por los bienes que el cliente demuestre que son suyos mediante una factura.

  • En cuanto al dinero en metálico, las compañías aseguradoras cubren los valores que se puedan comprobar. En el caso de los transeúntes, si la víctima acaba de sacar efectivo de un cajero o si le acaban de pagar la nómina. En el caso de los comercios, cubren lo registrado en los movimientos de caja. En las viviendas, lo mismo que el cliente haya declarado tener.

  • Aun así, siempre hay topes que se establecen de antemano y que varían según la compañía, el modelo de seguro, el valor de la póliza y el capital asegurado.

Diversidad y distinciones

Más de 17 millones de hogares y alrededor de 1,5 millones de comercios están asegurados con pólizas multirriesgo. Estos paquetes abarcan infinidad de contingencias y, al asegurarse contra atracos, su contratación es una opción adecuada porque cubre más cantidad de escenarios y supuestos.

Ahora bien, ¿sirve cualquiera? No. Algunas pólizas no incluyen atracos y otras solo contemplan los ocurridos en el inmueble asegurado. La diversidad de productos es muy amplia: no hay un coste ni unos servicios estándar. Tanto es así, que UNESPA -entidad que representa a más de 250 compañías de seguros- carece de datos detallados sobre los precios de las pólizas multirriesgo y sobre cuántas de las pólizas del mercado cubren el supuesto de atraco en la vivienda, en el comercio y en la calle. Por ello, antes de contratar una póliza, hay que informarse y comparar. Lo idóneo, aunque lleve un poco de tiempo, es ponerse en contacto con diferentes compañías, preguntar qué cubren, cuáles son las excepciones y, por supuesto, el coste.

Otra cuestión fundamental que se debe considerar es la semántica de los seguros. Aunque parezca un detalle nimio o una exquisitez, prestar atención a las palabras y sus significados es vital, ya que este tipo de distinciones sutiles pueden acarrear inconvenientes y sorpresas al pedir compensaciones.

En este tema puntual, hay que tener muy claro que el hurto, el robo y el atraco no son sinónimos. Si bien todos consisten en apoderarse de los bienes de otra persona sin su consentimiento, se diferencian en el grado de violencia con que se perpetran.

  • En el hurto no media fuerza sobre las cosas ni violencia o intimidación hacia las personas. Es el caso de los carteristas.

  • En el robo sí hay fuerza sobre las cosas, pero no contra las personas. El caso más claro es cuando alguien rompe una cerradura o una ventana para entrar a una casa y llevarse los objetos de valor.

  • En el atraco puede o no haber fuerza sobre las cosas, pero siempre hay violencia o intimidación hacia el propietario. Los golpes y las amenazas, los tirones y empujones, o las coacciones físicas (ya sea con armas o sin ellas) conforman este supuesto.

21.2.11

"Creía que el riesgo de venir en patera merecía la pena"

Residente en Barakaldo desde 2007, 'Baba' no ha encontrado el paraíso esperado pero se resiste a regresar a su país «con menos de lo que vine».

El horizonte que se dibuja frente a las costas italianas desata mar de fondo en las instituciones europeas. En cuestión de unos pocos días, decenas de pateras con miles de personas han arribado a las orillas de Lampedusa, donde se ha reabierto el centro de identificación y expulsión de inmigrantes, se ha repartido a la gente para cobijarla del frío y se ha declarado el estado de emergencia humanitaria. La afluencia es tan numerosa y constante que ya ha sido calificada de éxodo.

Hay quienes ven las imágenes con sorpresa, con temor y preocupación. Pero Ababacar Sambe, no. Para este senegalés residente en el País Vasco, las escenas no son nuevas ni ajenas. En todo caso, le recuerdan a su propia historia, ya que vivió una secuencia parecida hace algo más de tres años. «Tres años y seis meses -puntualiza-. Llegué a Barakaldo en junio de 2007, sin saber si era bueno o era malo. No sabía nada -reconoce-, y tampoco fue mi decisión. Vine porque me trajeron».

Ababacar -más conocido por sus amigos y vecinos como 'Baba'- relata con precisión las etapas de su viaje. «Estuve en Tenerife veinte días; dieciocho en Fuerteventura y apenas unas horas en Madrid. Desde allí me enviaron a Bilbao en un autobús, donde me esperaba una asociación de acogida», explica. Aunque el itinerario se antoja extenso, está incompleto. La travesía empezó en Senegal, continuó en Mauritania y se hizo irreversible en las entrañas del cayuco en el que 'Baba' se jugó la vida.

No estuvo solo en ese tramo del viaje que, como dice, le causó «temor» y duró cinco días. «Éramos 117 personas. No hubo muertos, por suerte, pero sí hubo gente que estuvo a punto de morir. Si el viaje hubiera durado un día más, algunos no habrían resistido. Estaba muy llena la barca... Las personas que organizaban el viaje eran unas mentirosas. Decían que habría poca gente, pero vinimos hacinados y hubo muchos que se quedaron en la playa porque no cabían».

La ingenuidad de 'Baba' no era absoluta. «Yo sabía que era peligroso. Claro que lo sabía y sí, tenía miedo. Además, mis padres no lo aprobaban, no me querían dejar ir porque conocían los riesgos. Pero yo me quería ir. Mi pensamiento era claro: '¿Podría morir? Bueno, pero yo no quiero estar aquí más tiempo'. Tenía 24 años y estaba decidido. Yo creía que el riesgo de viajar en patera merecía la pena», subraya.

«Soy 'senebarakaldés'»
«El viaje me costó mil euros, más que un billete de avión. Y los pagué como una inversión, convencido de que era un precio razonable para llegar a Europa, trabajar duro y regresar a mi país con dinero suficiente para progresar, para tener mi propio negocio y vivir tranquilo», explica 'Baba'. Tardó muy poco tiempo en descubrir que el paraíso ofrecido no era tan simple y, lo más sangrante, que se «había equivocado».

«Mira, he cumplido 28 años, la gente aquí ya me conoce y me siento muy integrado. Es más: digo que soy 'senebarakaldés'. Pero eso no quita que me sienta un poco decepcionado. Venimos pensando que hay oportunidades y no es cierto. Muchos terminan vendiendo discos en la calle o pasan años sin hacer nada a la espera de los 'papeles'. Algunos no lo han soportado y se han vuelto. Dicen que no pueden más y regresan. Después de montar en un cayuco, de arriesgar la vida, tiran todo por la borda y vuelven a casa con las manos vacías. Eso también es muy duro», plantea 'Baba' antes de recordar una frase.

«Como dice la canción de los inmigrantes 'Papeles mojados' de Chambao, 'muchos no llegan, se hunden sus sueños'. Yo diría que a los que llegamos, también se nos hunden a veces. No pretendo estar aquí toda la vida, pero tampoco voy a regresar con menos de lo que me fui. Por eso me presenté en 2010 al casting del Conquistador del Fin del Mundo -señala-. Estaba entusiasmado. Quería un reto, me sentía capaz. Y me quedé varado porque todavía no tengo todos mis documentos», apostilla.

14.2.11

"Redescubrí mis raíces: ya no pertenezco sólo a una cultura"

Este artista plástico de ascendencia quechua lleva 33 años en Getxo y no ha dejado de impulsar el desarrollo de su pueblo, en Argentina

Argentino y descendiente de quechuas, Hugo Salinas se marchó de su país hace más de treinta años, cuando el gobierno de Jorge Videla apresaba la democracia en un puño. «No soy un exiliado político -explica- pero, en una dictadura, hasta el indiferente es culpable de algo. En aquel entonces, yo defendía una teoría indigenista que chocaba mucho en Buenos Aires. Solía decir que en Argentina no se respetaba ni a Dios ni a la belleza, y fue positivo salir del país, porque allí estaba totalmente marginado».

Con una marcada vocación por el arte y la cultura, decidió empaparse de mundo. «Aterricé en España, recorrí el país y, por esas cosas de la vida, acabé en Getxo, donde todavía vivo -resume-. Me asenté aquí, aunque he tenido la suerte de viajar mucho en estos años». Diversas exposiciones, tanto propias como ajenas, le llevaron a recorrer buena parte del globo.

El contacto con el arte europeo, explica, se fundió con «lo que ya traía incorporado de América» y tuvo una fuerte influencia en su obra, que registra «diferentes épocas» y explora desde el puntillismo a Duchamp. «Pero esos desplazamientos que hice para recorrer museos no fueron viajes, sino trámites», observa Hugo, para quien «un viaje es otra cosa porque lleva tiempo; es caminar, conocer, hablar con la gente...».

«Una vez recorrí de norte a sur la ruta que une Casira con Guayateyoc, pasando por Ciénego Grande y la Laguna de Pozuelos», relata a modo de ejemplo. «Para situarte en el mapa, es un rincón donde confluyen las fronteras de Bolivia, Argentina y Chile; un sitio donde, hace años, había pequeños contrabandistas que pasaban hojas de coca para los mineros. Yo fui a ver cómo lo hacían, cómo eludían los controles policiales... Eso es viajar y aprender. Pasas tiempo en un lugar, entablas confianza y descubres, como descubrí yo, que esa gente pagó la universidad de sus hijos escondiéndose en la llanura», relata.

Más de 4.000 libros
A propósito de hijos, al parecer los suyos han heredado parte de su vocación y su espíritu migratorio: «El mayor vive en Corea, se dedica a la animación en 3D y hace videojuegos. Mi otra hija vive en Italia, es diseñadora de moda...», cuenta Hugo, que además de artista es dibujante publicitario. Tan sólo el chaval más pequeño vive con él y su esposa; y, como buen vasco que es, practica ciclismo y fútbol.

«Aquí, en Euskadi, está lo más importante para mí: mi familia. Pero, además, valoro mucho el contacto directo con la gente, el enriquecimiento que supone formar parte de una sociedad que vive políticamente, con afán de preservar sus orígenes -expone-. Los vascos tienen raíces muy profundas que marcan el rasgo del pueblo y que, a diferencia de lo que pasaba en Argentina hasta hace poco, están a la vista de todos. Por eso digo que aquí redescubrí mis raíces y que ya no sólo pertenezco a una cultura».

Siempre que puede, Hugo regresa a Argentina. Pero, lejos de entregarse al turismo y los encantos de Buenos Aires, se marca metas más altas. «Voy a mi pueblo, que está a 4.000 metros sobre el nivel del mar, y me dedico a cuidar mis tierras. Allí tengo animales, como llamas y ovejas, y la última vez que fui sembré quinua, que ahora se ha puesto de moda, pero siempre ha sido el alimento de salvación de muchos pueblos indígenas».

Además de cuidar sus cosas, Hugo siembra planes culturales para impulsar el desarrollo social de su pueblo. «He creado una biblioteca comunitaria en Argentina, que ya tiene más de 4.000 libros -desvela-. Piensa que, hasta hace poco, allí sólo llegaban cuatro o cinco cosas que defendían una única idea. Con este proyecto, se amplían los puntos de vista. Tengo que agradecer a las bibliotecas públicas, las universidades y los colegios de aquí, que se han sumado a la iniciativa y me han ayudado mucho. Donde abro la boca, sale un libro».

7.2.11

"Detrás de cada inmigrante hay siempre una pena"

Residente en Euskadi desde hace diez años, este boliviano preside una asociación deportiva que tiene por objetivo mejorar las relaciones sociales

Alberto Galindo Claros llegó a Euskadi hace diez años. Vino junto a su esposa, que, como él, es de Bolivia. «Yo soy de Cochabamba, ella es de Santa Cruz, y viajamos con un mes de diferencia», corrige antes de puntualizar que su proyecto migratorio original no estaba en el País Vasco, sino en Valencia. «Fuimos allí, donde vivía uno de mis primos y donde enseguida encontré trabajo», resume.

Mientras vivía en Valencia, conoció Euskadi a través de «cuentos», unos relatos, casi siempre, duros y negativos. «Me decían tantas cosas de aquí que daba miedo pensar en un viaje», confiesa Alberto, que entonces trabajaba para una empresa de transporte de mercancías. Por eso, cuando vino por primera vez quedó «sorprendido. Me impresionó mucho lo acogedor que era el lugar y la amabilidad de su gente». Tanto que, poco después, él y su mujer decidieron trasladarse.

Sus hijos llegaron un año después, cuando la pareja pudo regularizar su situación y traerlos desde Bolivia. «El mayor ahora está en la universidad, y las pequeñas cursan bachillerato. Para nosotros es una alegría, ya que el objetivo principal que nos planteamos al emigrar fue darles a ellos un mejor futuro, que tuvieran otras posibilidades», expone Alberto, aunque matiza que la vida es menos fácil que el relato.

«Mi padre falleció cuando ya estábamos aquí, y yo no pude ir al funeral porque aún no tenía los 'papeles' -recuerda-. Fue un golpe muy duro. Saber que mi madre y mi hermana están solas allí, que la familia está lejos, se hace difícil. Sin ánimo de sonar victimista, lo cierto es que, detrás de cada inmigrante, siempre hay una pena», reflexiona Alberto, que, al igual que muchos otros extranjeros, ha encontrado en el deporte una vía de escape «sana y constructiva» a los problemas.

«Cuando llegué, en 2001, empecé a juntarme con chicos de Ecuador y Bolivia para jugar al fútbol. Nos reuníamos en el campo de Ibaiondo, en Neguri, que en esa época estaba muy descuidado. No había servicios de ningún tipo, ni baños, ni nada -relata-. A medida que fue pasando el tiempo, llegó más y más gente. Hubo un punto en el que dejamos de ser un simple grupo de amigos que se reúne para jugar y comprendimos la necesidad de organizarnos. Así nació la asociación deportiva Adrebol, en julio de 2006».

Problemas y soluciones
Como asociación, sumaron esfuerzos para limpiar el campo y acondicionarlo. No obstante, Alberto reconoce que aquello empezó a ser un problema. «Los fines de semana, sobre todo, siempre había alguno que terminaba borracho», lamenta. Y critica: «Aún existe el típico latino que llega y se comporta como si todavía estuviera en su país, sin respetar las normas locales y dificultando las buenas relaciones entre las personas de fuera y las de aquí».

Cansado de lidiar con ese asunto, Alberto dio por finalizados los encuentros en Ibaiondo y logró iniciar una nueva etapa, en el polideportivo de Fadura. Las cosas fueron mejor. Hasta la fecha, Adrebol ha organizado infinidad de campeonatos de fútbol masculinos y femeninos con el objetivo de fomentar la actividad física, el ocio al aire libre y la socialización.

«Confraternizar con vascos y con personas de otras culturas es algo muy enriquecedor, sobre todo si te pasa como a mí, que llegué aquí sin conocer más que la cultura de Bolivia. En los encuentros deportivos surgen amistades, romances... incluso hemos tenido alguna boda. También hemos celebrado que muchos jugadores bolivianos que se iniciaron en los campeonatos de Adrebol, hoy en día juegan en equipos vascos, en diferentes categorías. El deporte es, sin duda, la mejor herramienta de integración»

6.2.11

"Echar al presidente no basta; habrá que limpiar todo"

Egipcios que viven y trabajan en Euskadi comparten opiniones e inquietudes sobre la revuelta social en su país de origen

«Encantados», «felices» y con un punto de «preocupación». Así podría definirse el estado de ánimo actual de los egipcios residentes en Euskadi. Desde que estallaron las protestas en El Cairo, ellos más que cualquiera han estado «pendientes de la televisión y el teléfono» para enterarse de cada cambio, suceso o detalle relacionado con el país y su gente. Aun en la distancia, intentan seguir de cerca los acontecimientos sociales y políticos que, «sin duda alguna, marcarán un antes y un después» en la historia de su tierra.

No son muchos los egipcios radicados en el País Vasco -apenas 65, según los datos del INE-, aunque la mayoría lleva aquí varios años y algunos son bastante conocidos. Dos de ellos, Amed Abel Hafez, propietario del Café Capuccino -uno de los principales restaurantes árabes de la capital vizcaína-, y Ahmed el-Hanafy, presidente de la Unión de Comunidades Islámicas del País Vasco (UCIPV), comparten sus inquietudes e impresiones sobre lo que está ocurriendo en Egipto.

«Por primera vez en mucho tiempo vemos más cerca la posibilidad de que el pueblo recupere su voz y de que exista una democracia real. Hemos recobrado la ilusión de ser libres, aunque sabemos que la libertad cuesta... Por eso, desde aquí alabamos la labor de los jóvenes que se han manifestado en la plaza Tahrir y pedimos por ellos, para que tengan fuerza y resistan», señala Ahmed el-Hanafy que, además de presidir la UCIPV, es el emir de la mezquita Assalam de Bilbao.

«Lo que está pasando es algo muy bonito» -apunta Amed Abel Hafez-; es una revuelta social masiva en la que no sólo participa la gente pobre y sin recursos, sino toda la población, incluida la clase media y los profesionales. Eso nos da la pauta de un cambio. En Occidente, si un presidente hace una mala gestión, la ciudadanía lo castiga con el voto. Allí, durante treinta años, esa herramienta no ha existido, de modo que las manifestaciones de la gente abren una puerta a la renovación. Me alegra que suceda y que haya sido un movimiento pacífico, aunque me apena ver que ha habido episodios de violencia estos días», agrega.

Para este conocido hostelero que llegó hace tres décadas a la villa, los enfrentamientos civiles entre partidarios y detractores de Hosni Mubarak son motivo de tristeza. La «batalla campal entre bandos» del pasado jueves, asegura, no refleja la idiosincracia de la población. «Los egipcios somos buena gente, personas pacíficas, y no lo digo para quedar bien. Esta semana, sin ir más lejos, vi por la televisión cómo los propios manifestantes protegían el Museo de El Cairo».

«Hay una dictadura»
Ahmed el-Hanafy coincide con esta observación. También está preocupado. «Se ve que los ciudadanos se manifiestan de manera pacífica, pero, aun así, se están produciendo auténticas barbaries. Mira a los periodistas... Los reporteros son atacados porque sacan a flote lo que ocurre, especialmente desde las últimas y mal llamadas elecciones. Es evidente que en Egipto hay una dictadura», subraya.

A propósito de elecciones y regímenes, una de las cuestiones que más preocupa a la población egipcia es el desenlace sociopolítico del conflicto; el 'día después'. Y los ciudadanos que han emigrado no son la excepción. «Me atemoriza el vacío de poder»-reconoce Amed Abel Hafez-. «Creo que no hay alternativas políticas, ni candidatos preparados, ni opciones. Los más organizados son los Hermanos Musulmanes, pero la gente tiene miedo de que Egipto se convierta en el próximo Irán. Nuestro país es aconfesional, su legislación se inspira en la Constitución francesa y la ciudadanía no quiere regirse con la ley islámica. Por eso Mubarak ha durado tanto. Como dice el refrán, 'más vale malo conocido que bueno por conocer'».

Para Ahmed el-Hanafy, que se marchó de su país hace ya 25 años, el desafío no estriba tanto en las alternativas políticas de cara al futuro como en el saneamiento del sistema actual, «corrupto y dictatorial». En su opinión, «Mubarak es la cabeza, pero sus seguidores, los que ahora están en el poder, también son parte del problema. Habrá que limpiar todo, desde el servicio de seguridad hasta la Policía, y juzgar a quienes se han robado la riqueza del país a lo largo de los años», indica. «No basta con quitar al presidente» -insiste-. «El objetivo es una democracia real y los manifestantes no van a aceptar soluciones a medias».