2.10.04

Vino para quedarse

España se estrena en el enoturismo, un sector de ocio que mueve a más de 3 millones de visitantes en Francia

No son mares ni montañas, pero hay perlas y un Olimpo. Perlas negras que se escurren en el néctar de los dioses. Uvas nuevas que descansan en cunas de roble para dejarse beber como caldos añejos. En el corazón de la vid y la bodega, Morfeo y Baco se encuentran. Y allí, con el perfume del vino y el sosiego del campo, envuelven al turista en el placer de la vigilia. O en los encantos del sueño.

El enoturismo está de moda y las propuestas para vivirlo, en alza. Cada vez son más los establecimientos que se dedican a combinar el descanso y la bebida. Con moderación y con gusto, bodegas centenarias se han reinventado a sí mismas, abriendo sus puertas a ojos y paladares curiosos, ávidos de conocimiento y experimentación. La demanda sigue e impulsa la tendencia, porque los visitantes ya no se conforman con un simple recorrido. Quieren quedarse en los dominios de Baco bajo el amparo y los arrullos de Morfeo.

Así, las bodegas españolas se estrenan en este negocio que enlaza hoteles y catas, restaurantes y viñedos. Algunos son viejos cascos de piedra restaurados y otros, nuevos edificios. Pero en todos ellos las viñas sirven de marco. Los amantes del vino y los nóveles aprendices coinciden aquí. Extranjeros de paso y españoles que se visten de turista en su tierra, también. Jóvenes –y no tanto–, solitarios, en pareja o en familia. Empresarios y sibaritas. El público es tan diverso como las opciones, que van desde la visita guiada por las bodegas hasta cursos breves de cata, pasando
por los restaurantes o la belleza rural de la posada. Las siguientes son sólo tres alternativas con personalidad propia del enoturismo emergente, pero hay más: en casi todas las regiones españolas donde crecen viñedos es posible encontrar una bodegahotel. Calidez, calidad y atención personalizada encabezan el menú. Por supuesto, lejos del bullicio urbano. La clave es desconectar.

VIÑA IZADI
La calidad de la sencillez

Viña Izadi tiene sólo diecisiete años, y aunque nació para ser bodega, su inquietud adolescente la hizo mudar pronto de vestido. Marzo de 2004. La fecha del cambio. «El turismo del vino estaba en auge y había un interés creciente –recuerda Cristina Sangroni, responsable de relaciones públicas de la firma–. En ese contexto, nos dimos cuenta de que faltaba algo». ‘Algo’. Faltaba la visita guiada por las arterias del vino. Y un hotel. Y un restaurante cuyos platos reflejaran la luz de una estrella Michelin.

Los encargados de la bodega comenzaron por delinear un proyecto de visitas que implicó, entre otros aspectos, conocer a fondo la competencia. «Descubrimos que en otros sitios no sabían explicar claramente los procesos de elaboración del vino. Se centraban más en mostrar los edificios que en enseñar », dice Sangroni. El factor diferencial de Viña Izadi se resumió, entonces, en una expresión: utilizar palabras sencillas. «El lenguaje y el trato personal son fundamentales para nosotros», agrega la portavoz.

La visita con guía, que cuesta cinco euros, incluye una cata comentada al final del recorrido. En ella se explica el orden de los sentidos en que se ha de probar el vino –vista, olfato y gusto–, con chorizo y queso para acompañar. Un blanco y un tinto endulzan el paladar. De recuerdo: una buena copa de cristal, cortesía de la casa. En este sencillo pero ilustrativo acto se encuentra una de las claves del enoturismo: una cata atrae incluso a quienes no son profundos amantes del vino. La curiosidad por asomarse a la barrica y sus secretos ya quedó demostrada hace un par de años en Cádiz, cuando una serie de excursiones de turistas de playa a las bodegas jerezanas se resolvió con un apreciable éxito. Hoy, la tendencia continúa en otras regiones. Y no sólo se trata de aprender: el 23% de las ventas de una bodega –es un promedio– se realiza a través de sus tiendas.

Regreso a Villabuena. Viña Izadi. Además del paseo, el Grupo Zaldiaran avala la opción de quedarse a comer en el restaurante. El almuerzo y la cena cuecen sabores diversos: toman forma de platos típicos, como patatas con chorizo y cordero, o se lucen por elaborados, como en la ensalada de bogavante. «Y también contamos con una sala de convenciones para doce personas», apunta Sangroni. Otra clave del enoturismo: las empresas tienden a elegir espacios cómodos y tranquilos como marco de sus reuniones, y las bodegas turísticas cumplen con esa demanda alquilándoles salas equipadas con tecnología multimedia, pero con el plus de la calma.

El perfil del enoturista que acude a esta zona es variado, aunque la mayoría suele provenir del País Vasco y Cantabria. «En las visitas guiadas recibimos a todo tipo de público. En el restaurante un menú cuesta alrededor de 35 euros, y la habitación doble, 95 por noche». En el precio de ambos servicios está incluida la visita a la bodega, y para disfrutar de ellos es necesario hacer una reserva anticipada. «Es conveniente porque el establecimiento no está abierto las 24 horas del
día», advierte la portavoz.

TORREMILANOS
El concepto francés
Proyectos. Esa es la palabra que más se le escucha pronunciar a Ricardo Peñalba, uno de los propietarios de la bodega Torremilanos. Proyectos centenarios que nacieron en 1903, junto a las primeras vides, y proyectos de fin de siglo, que cuajaron en el negocio del turismo hace apenas un lustro. La cosecha: 1998. Un gran año, según los entendidos.

Con la mirada puesta en Francia y el corazón en España, Peñalba quería «revitalizar el campo y atraer a la gente». Creyó que la mejor manera de hacerlo era contar secretos; los secretos de sus vinos. Y no se equivocó. Tras siete años de trabajo intenso, Torremilanos se quitó los pudores y empezó a desnudarse ante la mirada atenta del visitante. «Lo importante era despertar la atención hacia nuestras propias zonas agrícolas, que están bastante marginadas». El propietario supo bien dónde había fijado sus ojos, y su concepto: el país vecino es uno de los más avanzados de Europa respecto al enoturismo, hasta el extremo de situar a este sector de ocio y viajes en primera línea. Hay datos: en 2002, las bodegas de Alsacia registraron dos millones de visitantes,
mientras que las de Borgoña sobrepasaron 1.300.000 turistas.

Aunque muy lejos de esta demanda, España intenta acercarse pausadamente haciendo valer la importancia de sus caldos, y también de las tierras donde manan. El clima es extremo en Burgos, «pero aquí todo tiene mucho encanto», remacha Peñalba. El hechizo comienza en un paseo por el
viñedo y la bodega, que están juntos, «siguiendo con el concepto francés». El recorrido se hace en grupos de entre cinco y veinte personas, y cuesta seis euros por cada una. Puede durar entre media hora y una hora y media, «dependiendo del interés del grupo en aprender cosas», y culmina con la cata de dos vinos diferentes.

Después de la visita guiada, «algunos nos piden ibéricos, morcilla o chorizo, y otros, directamente, quieren quedarse a comer». Por esa razón la bodega ha montado un restaurante que funciona bajo demanda. Un grupo de diez personas es el mínimo para abrir una cocina que ofrece gastronomía típica, como el cerdo curado y el lechazo. «Buscamos una gastronomía selecta, cuidada, y con una buena carta de vinos», comenta Peñalba.

La privacidad es una constante en todos los rincones del lugar. Sin embargo, donde más se percibe es en la cafetería «porque no está abierta al gran público». Es exclusiva para los huéspedes de un hotel que apenas tiene veinte habitaciones. A ellos, además, se les obsequia con una visita a la bodega. «Aquí las personas pueden venir a olvidarse del mundo, a estar tranquilas
y alejadas de las masas». ¿Y quiénes apuestan por este método de desconexión? «Los amantes del vino, que muchas veces se hospedan en nuestro hotel. Empresarios, que hacen aquí sus convenciones, y gente común que quiere aprender cómo se hacen los caldos. Cada vez nos visitan
más personas, y nos quedamos satisfechos al verlos irse contentos», dice Peñalba, para quien continúan los proyectos, aunque sobre esos del futuro, nada pueda comentar.

BODEGAS PALACIO
Un siglo de añejamiento

Tiene más de cien años pero rebosa jovialidad, porque lo suyo no es vejez, sino experiencia. Fundada en 1894, vivió sus primeras ocho décadas funcionando como una bodega normal, hasta 1973, cuando decidió ir a más. La empresa construyó entonces un nuevo edificio, más grande y moderno, para albergar a sus vinos, y la construcción original quedó abandonada. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que las cosas volvieran a cambiar.

«En 1991 comenzamos a explotar el tema de las visitas. Fuimos pioneros en La Rioja», explica la encargada de relaciones públicas, Natalia Larrea. «Buscábamos acercarnos más a los consumidores finales de nuestros productos, mostrándoles todos los procesos de elaboración y añejamiento». Valiéndose del pasado, el recorrido incluye la visita a barricas centenarias y a un botellero histórico en el que se encuentran «las mejores añadas»: 1923, 1935 y 1964. Tras el paseo por el establecimiento –que cuesta tres euros–, los turistas pueden disfrutar catando dos vinos distintos: un joven y un crianza. Y aunque este momento cuenta con el asesoramiento de un experto, la empresa despliega otras opciones para quienes deseen empaparse mejor en el mundo de las vides: «Un curso de cata más completo que se realiza un fin de semana al mes, bajo la dirección de Petri Ruiz», explica Larrea.

La iniciativa deja tiempo libre para el turismo tradicional y la historia, un momento «ideal» si se quiere conocer Laguardia o el pórtico de Santa María de los Reyes, obra maestra del gótico español que todavía conserva la policromía original. Como es de suponer, no hay cena ni noche sin restaurante y hotel. Ambos existen, y fueron inaugurados hace nueve años en un edificio estratégico: la antigua bodega. El hotel tiene doce habitaciones y, aunque cada una luce una decoración diferente, comparten el estilo de la arquitectura riojana del siglo XIX. El restaurante, a su vez, está ambientado en una atmósfera bodeguera que casi permite ver a Don Cosme Palacio y Bermejillo elaborando sus primeros vinos.

Abierto a un público heterogéneo, esta bodega trasunta una esencia que bien sintetiza Larrea: «Turismo cultural, tranquilidad, riqueza histórica y aprendizaje del mundo de los vinos. Quienes nos visitan descubren cosas que no sabían, pues nuestra propuesta es muy didáctica: despierta
las percepciones sensoriales y enseña a darle al vino el valor que se merece».

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