15.8.04

El mejor papel

Miles de extranjeros contratados en España por su origen o cualificación profesional componen la otra cara de la inmigración

Alexander Stensrud y Rogerio Araujo no se conocen. Ni siquiera saben que el otro existe. Sin embargo, comparten muchas cosas. Son extranjeros, viven en España y han sido contratados por sus conocimientos y su cultura. Como Hongyan Ma, a quien le ofrecieron trabajo por ser de fuera, y no a pesar de ello. O como Miguel Pérez y Jorge Cabrera, quienes también conforman ese tipo de inmigración cuya realidad está muy lejos de las pateras atiborradas de gente. Ninguno de ellos protagoniza las noticias que capturan instantáneas de la ilegalidad porque sus historias no son crónicas de la desesperación, sino antologías del éxito.

Por ser extranjeros los buscan con insistencia, pero no para que regresen a sus países, sino para que se queden aquí. De esta manera, a pesar de que forman parte de un colectivo de miles de personas cuyas cifras van en aumento, no lo representan, ni son abanderados del ‘quisiera haber nacido en otro lugar’. Al contrario. Llevan alta la bandera de su patria. Portadores de tradición o, también, de nuevas tendencias, han sabido rentabilizar su origen al máximo, convirtiéndose ellos mismos en productos de importación.
Han llegado de diferentes maneras, en momentos distintos, y vienen de sitios tan lejanos como Cuba, China o Brasil. Trabajan desplegando saberes característicos de sus culturas y se han afincado en el país, en ocasiones por iniciativa propia y, otras veces, por invitación expresa. Pero, siempre, por seducción. Mutua, claro está, porque así como España los acoge con beneplácito en su seno, ellos se dejan maravillar por las costumbres, el ambiente y la gastronomía local.

Sus acentos al hablar venden mejor su actividad que un buen aviso publicitario, y sus nacionalidades avalan la calidad de lo que hacen con más contundencia, incluso, de lo que podría hacerlo cualquier diploma. Estos hombres y mujeres, encarnando el concepto de ‘lo auténtico’, gozan de un éxito profesional que se basa en su experiencia, pero, también, en un imaginario colectivo que percibe al forastero como un compendio viviente de los saberes de su tierra.
HONGYAN MA (China)
Especialista en acupuntura
«No tengo tiempo para extrañar a mi familia»
Hongyan Ma tiene 38 años y estudió Medicina Tradicional en su país. El primer contacto con España fue en 1992, cuando una escuela de esta disciplina la invitó para colaborar con sus conocimientos. Efecto inmediato. Le ofrecieron trabajo en la clínica Guang An Men y se quedó. «El dueño es catalán y trajo a expertos chinos para formarla –explica–. Ya hace doce años que estoy aquí». Ma es la directora de la clínica en Barcelona, uno de los cinco centros que forman Guang An Men. Practica acupuntura y, además, la enseña. «Mis alumnos son europeos y muestran muchas ganas de aprender. El curso dura cuatro años, el tiempo imprescindible para trasmitir un saber que data de hace cuatro milenios».

La especialista recibe entre dieciocho y veinte pacientes al día, y sostiene que lo más gratificante de su trabajo es «poder ayudar». «Suelo atender casos muy complicados. Quienes llegan aquí han visitado a muchos médicos antes y se han sometido a una gran cantidad de tratamientos». Sabe que, para las «personas comunes o ingenuas», es difícil distinguir a un buen acupuntor de otro que no lo es, «como puede pasar en cualquier profesión». Y dice, a su vez, que «los pacientes confían más en los médicos que son chinos». «Eso no significa que seamos mejores –aclara–, porque hay excelentes profesionales que son de aquí. Pero es cierto que prefieren ser atendidos por nosotros, que somos nativos».

Hongyan Ma no tiene familia en España, aunque «tampoco hay mucho tiempo para extrañar». Viaja con asiduidad, «sobre todo para dar conferencias», y está en «contacto permanente» con hospitales de Pekín. De España le ha cautivado la gastronomía y la gente, que es «muy abierta». «Es un país precioso, por eso me he quedado».
JORGE CABRERA (Argentina)
Experto en carnes a la parrilla
«Importamos todo de nuestro país; al cliente eso le gusta»

Jorge Cabrera decidió venir a España con su primo, hace más de veinte años. Llegó en 1982. «Quisimos lanzarnos a la aventura», recuerda. La odisea estuvo asegurada desde el principio porque la única referencia que tenían en el país era «un amigo del barrio» que había venido un tiempo antes que ellos.


Cabrera cuenta que enseguida se puso a trabajar. Comenzó conduciendo un camión para limpiar las fosas sépticas, pero no tardó mucho en cambiar drásticamente de rumbo, cuando conoció a «un italiano que estaba en el mundo de la gastronomía». La elección no era difícil –«me metí de lleno a trabajar con él»– y tampoco resultó desacertada: hoy en día está al frente de la parrilla de ‘Caminito’, un restaurante de Formentera donde se preparan platos típicos de Argentina.

Los distintos gustos de helados caseros o un flan combinado con dulce de leche sirven de postre a
una gran variedad de carnes y casquerías hechas a las brasas. Y no sólo la forma de asar tiene el sello rioplatense. La carne también. «Importamos los productos de Argentina. Todo viene desde allá», explica. «El local está abierto desde hace cinco años. Tiene doscientas plazas y servimos casi quinientos cubiertos por noche», describe satisfecho. Y se apura a mencionar, con regocijo, que al establecimiento va a comer «gente famosa».

En el restaurante trabajan veinticinco personas. Algunas, como él, son oriundas del país sudamericano. «A la gente le gusta que seamos auténticos argentinos», puntualiza. Pero la nacionalidad no es lo único que atrae a los clientes; la manera de cocinar es otro punto fuerte. "En Argentina yo era carnicero. Eso me ha servido mucho aquí, para saber cortar la carne y prepararla a la parrilla». Unos cortes que permiten aprovechar la ternera al máximo, incluyendo sus vísceras, y un asador que deja la carne al punto, bien cocida pero tierna.


Con 48 años, Jorge Cabrera está adaptado por completo a las costumbres españolas. Se casó hace tiempo con su «novia argentina de toda la vida» y tuvo dos hijas aquí. «De mi país no extraño nada. Llevo muchos años viviendo lejos y ya me he acostumbrado», dice. Toma mate «sólo en invierno» y en su caso se aplica bien aquello de ‘en casa de herrero, cuchillo de palo’, porque vive de la cocina rioplatense, pero admite no tener productos típicos en su casa. «¿Dulce de leche? ¡Qué va! Pan con jamón serrano».

ROGERIO ARAUJO DE BARROS (Brasil)
Profesor de capoeira
«Cuando estoy aquí, vendo mi cultura»

Para Rogerio Araujo, Brasil «está de moda». Desde que llegó a Barcelona hace tres años, ha podido comprobar cómo su país gana terreno en este lado del Atlántico. Y no sólo en las camisetas verdes y amarillas que abundan en tiendas y mercadillos, sino en la propia expectación que despiertan sus clases. Tiene 150 alumnos, y aunque la cifra pueda sorprender aquí, a orillas del Mediterráneo, tan lejos de Sao Paulo, para él resulta «algo natural». «Trabajo de lunes a viernes, de diez de la mañana a diez de la noche. Entreno todos los días y enseño en tres centros deportivos de Barcelona». ¿Extenuante? «Sí, termino agotado, pero es mi trabajo y hago lo que me gusta».

Araujo viajó a España tras recibir la llamada de «otro profesor brasileño que se iba para Alemania» y dejaba una vacante. «Vine a ocupar su lugar», agrega con determinación. No ha vuelto a Brasil desde entonces, pero, como extraña a los suyos, este verano ha decidido cruzar el ‘charco’ y visitarles. «Estoy contento con este viaje. Echo de menos a la gente de mi país, pero no me quejo porque aquí están mi señora y mis hermanos». Por cierto, «ellos también son profesores».

Con 29 años cumplidos, el experto carioca practica capoeira desde los diez. Su formación estuvo a cargo de ‘Camisa’, «un auténtico maestre», y el éxito que tiene se lo atribuye a sus raíces. «Hay muchos capoeiristas europeos, pero la gente prefiere aprender con uno que sea de Brasil. Esto es
como el judo: lo enseñan personas en todo el mundo, pero los japoneses, sin duda, son los mejores».


Su DNI señala ‘Rogerio’, pero sus colegas y aprendices lo llaman ‘Teco’. Por tradición, es imprescindible tener un nombre ficticio para practicar capoeira. «La gente conoce la parte más folclórica de esta actividad. Creen que es un baile, y se equivocan. No se trata de una danza; es una forma de luchar». Surgida hace 400 años entre los esclavos en Brasil, esta disciplina –al igual que sus practicantes– tuvo que aprender a camuflarse de «la ira de los patrones». Los apodos eran vitales, y la música, el disfraz perfecto. «En mis clases, además de los movimientos, enseño portugués, música, canto y percusión. Cuando estoy aquí, vendo mi cultura».



ALEXANDER STENSRUD (Noruega)
Encargado de una distribuidora de salmón
«España es un mar de posibilidades»
El año pasado, Alexander Stensrud tomó un tren «de ésos que sólo vienen una vez en la vida». Estaba trabajando en una empresa dedicada al almacenaje, dirigiendo «la mayor oficina local en Oslo», cuando se le presentó la oportunidad de trasladarse a trabajar a España. «Hay poca gente con tanta suerte». No lo pensó. Fjord Seafood Spain, una firma dedicada a la importación y distribución de salmones, lo contrató para encargarse de la logística, la administración y el contacto con los clientes en la Península. «El salmón viene directamente de las granjas. Nos ocupamos de hacérselo llegar a los compradores», explica Stensrud. Granjas que se dedican a la acuicultura y que existen desde la década del 60 en Noruega, un país tradicionalmente vinculado a la pesca y que actualmente es el principal exportador mundial de productos del mar.

Stensrud ya conocía España. Había venido en 1997 para terminar sus estudios y aprender castellano. Destaca que ser bilingüe ha sido un punto a su favor. Y reconoce que, indudablemente, «ser noruego sí tiene ventajas» en su actividad. «La empresa madre es noruega, por lo tanto me beneficia haber nacido allí y hablar el idioma. Eso reduce los errores». A sus 31 años, ‘Alex’ –como suele presentarse– puntualiza que la industria del salmón «es muy dinámica». Hasta el extremo de que en 2003, su país exportó 414.000 toneladas de salmones y truchas.


No extraña las cosas de su tierra porque aquí, dice, «me hacen sentir como en casa». Se encuentra «muy a gusto» en Madrid, la ciudad donde trabaja, «con tantos días de sol y temperatura agradable». Y no sólo el clima lo pone contento. «El país ofrece mucho en cuanto a la comida, la cultura y, por supuesto, la gente», que siempre lo recibe «con una sonrisa». Por eso, «España es mucho más que sangría y paella». En realidad, se trata de «un mar de posibilidades» donde no resulta extraño que un empresario de pescado se sienta «bienvenido».


MIGUEL PÉREZ HERNÁNDEZ (Cuba)
Tabaquero
«No volveré a Cuba, ¡con lo que me costó salir de allí!»

Cuando Fidel entró en la capital de Cuba, la vida de Miguel Pérez Hernández cambió de manera radical. Pasó de trabajar en la empresa tabacalera de su familia a ver, tras las rejas, cómo el negocio se venía abajo. «En nuestro almacén, que se llamaba ‘El Surco’, trabajaban doscientas personas. Pero con el Gobierno de Castro, nos lo sacaron. Tenían que quedarse con todo… Además, como yo pertenecía a la Juventud Obrera Católica, me metieron preso», relata con amargura. Después de pasar tres años en la cárcel, Pérez salió bajo fianza. Y no lo dudó. «Me escapé de la isla como pude, con una identidad falsa y el pasaporte de mi tío, que se llamaba como yo».

Llegó a España en 1964, con 27 años y un pasado de cenizas. Lo esperaban su abuelo, nacido en Canarias, y un futuro de promesas. «No es igual viajar aquí sin nada que tener a alguien esperándolo a uno», apunta. «He trabajado mucho, pero siempre con el tabaco, porque es lo que conozco. En ese sentido, fue fácil. Llevo en este negocio toda la vida». Miguel Pérez se casó en Canarias y tuvo cuatro hijos, «tres hembras y un varón». Hoy, con 66 años, dirige ‘La Rica Hoja’ –la tabacalera que perteneció a su suegro– y le enseña a su hijo «todos los secretos» de su quehacer.

Enfatiza que la experiencia le ha servido para abrirse paso en el mundo de los puros y lograr un sabor único. «Mi país es la cuna del tabaco y eso me da ventaja», señala con orgullo. En su opinión, «hacer un puro es como cocinar una paella; hay que saber combinar los ingredientes en su justa proporción. Importo las hojas de distintos sitios y pongo más de unas que de otras según el sabor que quiera obtener». Y, como ejemplo, añade: «El que me estoy fumando ahora mismo tiene cuatro nacionalidades, porque está hecho con hojas de Santo Domingo, Sumatra, Java y Brasil». Al archipiélago canario lo describe como «un lugar tranquilo y parecido a su tierra». De Cuba sólo echa de menos a los amigos, pero asegura que no volvería por nada del mundo. «¡Con lo que me costó salir!», exclama.

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